domingo, 19 de julio de 2009

Efímera visión de la libertad. (Lado B)

Desde hace mucho tiempo la vida ya se vivía de la misma manera. Cuando nacimos ya existían las fiestas, existían las modas, los movimientos urbanos. Cuando éramos pequeños, nuestro corazón se atrevía a ser libre, a reír sin temor, a perseguir nuestros sueños y lo que menos nos importaba era si alguien hacia burla de ellos. Éramos creadores de nuestros juegos. Por eso es que todos recordamos nuestra niñez con tanta satisfacción y la valoramos como un tesoro. Hoy que hemos crecido, aquel niño de buenos sentimientos y nobles acciones ha desaparecido. Dicen que cuando acaba nuestra niñez inicia una nueva etapa en la que experimentamos un sinfín de nuevas vivencias que hacen que nuestra existencia llegue a un punto en el que ya es imposible ser libres como niños ante las responsabilidades que día a día se nos presentan y ante nuestros nuevos gustos, capacidades y virtudes. Eso es una mentira. La mayoría de la gente se apoya en esa idea, pero la verdad es muy distinta. La gente no le dice adiós a aquel espíritu travieso lleno de ilusiones y deseos porque el ciclo de la vida así lo escriba, lo que sucede es que la persona en esa nueva etapa de la vida abandona su yo. Un día nos contaron cómo la vida debía de ser vivida, como debía de ser disfrutada, lo que nos haría felices y lo que nos haría desdichados; qué lugares frecuentar y dónde era mejor alejarnos. Aunque es sorprendente, cuando somos ya más grandes nos cuesta mucho trabajo cuestionar esas formas de vivir; incluso, las seguimos fielmente y así justificamos nuestra vida obedeciéndolas. El niño no sólo las cuestiona, sino que les da otro significado y hace de ellas su propio juego. Tristemente la razón por la que seguimos esas reglas es porque un día tuvimos miedo de mostrarle al mundo el niño que vivía en nuestros corazones. Ese niño que físicamente dejó de existir, pero que aún habita en nuestro interior y de pronto se aparece entre todos en forma de humildad, respeto, firmeza, seguridad, libertad. Ahora ya no nos importa vivir nuestras propias experiencias, ya vivimos las experiencias que había incluso antes de nuestra existencia. Un día de jóvenes vimos que los Cafés estaban llenos de parejas, que a los antros acudían únicamente las personas que se sabían divertir y vimos que a las reuniones las personas asistían con sus mejores prendas. Y los imitamos. ¿Fuimos capaces de cuestionar esas formas de vivir? ¿Alguna vez hemos sido creadores de nuestro propio mundo? ¿Venimos a la vida para repetir con exactitud lo que hicieron todos nuestros antepasados? El niño lo hubiera hecho de la manera acertada. Aunque no es malo seguir esas acciones, si es que hay razón por la que valga así vivir. Pero la mayoría de las veces, seguimos reglas porque un día tuvimos miedo de mostrar al mundo el niño que vivía en nuestros corazones; miedo de enseñar al mundo una nueva manera de vivir sin el temor de ser visto ante todos como alguien raro, como alguien que probablemente quedaría sin “amigos” por el hecho de verle raro. Pero la rareza nunca ha sido mala, simplemente es la rareza lo desconocido.

Cuando duermo, hay veces en las que el niño que fui se aparece en mis sueños, con una sonrisa tierna agradeciéndome por no haberlo olvidado. Hay días como el de hoy en los que el sentirme solo es inevitable, pero casi inmediatamente mi voluntad y los seres que tanto quiero me devuelven la sonrisa con una facilidad asombrosa y por ello hoy estoy aquí. Y es que absolutamente ningún precio es tan caro por la virtud de ser uno mismo. Por seguir riendo con el corazón tranquilo, como el de aquel niño que habita en mis memorias.

Queridos amigos, lo que yo nunca aceptaré es vivir como ustedes quieren que viva, en las sombras de algún rincón del mundo con la cabeza agachada y los brazos cruzados mirando discretamente las estrellas del firmamento. Porque es verdad lo que les digo amigos.

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